BEATRIZ
GONZALEZ
Estudio bellas artes en Los Andes y curso de grabado en Holanda posee el
título de la pintora más importante de Colombia. De ahí surgió una obra llena
de ironía y sinceridad, que cumplió todas las expectativas de la generación de
artistas que llevaron la pintura colombiana a la modernidad. Aunque en sus
inicios escandalizó con sus parodias de próceres, finalmente ha sido aplaudida
-incluso por los presidentes que pintó sobre cortinas de baño-, y es unánime el
concepto de que ha construido una de las obras más coherentes del arte colombiano.
En 1964 se presentó por primera vez en Bogotá con una
exposición sobre La encajera del pintor holandés del siglo XVII Jan Vermeer. Inspirada
en este cuadro, Beatriz González realizó una serie de variaciones de
indiscutible buen gusto. Su obra se caracterizó por los colores vivos y planos
y las composiciones armónicas. Posteriormente vinieron, en 1965, las
variaciones sobre La niña-montaje, en las que reafirmó su refinamiento
cromático. Este mismo año realizó las dos versiones de Los suicidas del Sisga
(segundo premio especial en Pintura del XVII Salón de Artistas Nacionales,
1965), trabajadas a partir de una fotografía de prensa, con las que se inicia
su obra más característica, siempre relacionada con el país y lo colombiano y
plenamente consciente de que sólo desde lo provinciano se puede alcanzar lo
universal: Yo creo que el arte es universal y que eso de la pintura colombiana
son tonterías.
Dos razones han llevado a Beatriz González a trabajar con
obras famosas de la historia de la pintura: su inhabilidad para componer y su
admiración por las obras artísticas. La pintora confiesa tener una visión
prejuiciada de la historia del arte. A toda hora, en todas partes, asocia
experiencias visuales con cuadros famosos. A partir de un objeto cualquiera, a
partir de la textura de una madera o de la forma de un mueble, surge la
asociación estética. Así, por ejemplo, de unos toalleros en forma de concha
surgió la imagen de la obra de Botricelli El nacimiento de Venus; de una lámina
de madeflex estriado, un bodegón de Braque; de un peinador con espejo circular
un tondo de Rafael.
Porque si es cierto que Beatriz González copia la
composición de las obras del pasado, no hay duda de que siempre inventa una
nueva relación cromática y muchas veces también un nuevo procedimiento. Desde
comienzos de los ochenta, su producción se ha centrado, siempre con el apoyo de
las fotografías de prensa, en la realidad colombiana. Desde sus numerosos
trabajos relacionados con la figura del presidente Julio César Turbay (dibujos
al grafito, la serigrafía Decoración de interiores) hasta sus dramáticas versiones
de la muerte del narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha (Retratos mudos),
pasando por Las Ibáñez, las viñetas de la tragedia (Un uxoricidio) y la comedia
(Turbay condecorando a un personaje), los temas relacionados con los
presidentes de la República (Plumario colombiano, Los papagayos, Sr. Presidente
qué honor estar con Ud. en este momento histórico, alusivo a los
acontecimientos relacionados con la toma del Palacio de Justicia en 1985), el
ciclista Martín Emilio Rodríguez "Cochise", el ciclista Lucho Herrera
y su apoteosis con el presidente Virgilio Barco, el futbolista René Higuita,
los soldados vestidos en traje de campaña, los hombres asesinados etc., hay
ahora un exclusivo y profundo interés por todo lo nacional, tanto desde el
punto de vista histórico como desde el de la actualidad.
Pero el cambio no es solamente temático, también es formal
y de contenido. El manejo de los elementos formales (planos, colores,
composiciones) es ahora más complejo y descarnado y la intención de decir, a
través de aquellos elementos, cuán caótica y dramática es la situación, es más
escueta y aladina. La artista no hace concesiones a nada, su tono se ha vuelto
severo. Esto no significa que sus cuadros hayan perdido la calidad artística
que los ha caracterizado: muy lejos de cualquier noción de belleza, sus
representaciones siguen atrayendo por las convincentes relaciones de las formas
y de éstas con sus contenidos. Como acertadamente lo ha señalado Luis
Caballero, el color de sus cuadros sigue siendo refinado, aun en las armonías
más absurdas, y la línea de sus dibujos sigue siendo acertada dentro de las
torpezas más sofisticadas.1





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